El otro día este selecto grupo de vikingos nos desplazamos a lo que a partir del 9 de septiembre vamos a considerar una de las capitales gastronómicas del occidente de Europa. Sabíamos que la cita iba a ser buena, pero jamás hubiésemos imaginado semejante gozada.

 

Siempre nos quedarán sitios por conocer pero lo que vivimos este último septiembre en Poio de la mano de Pepe Solla nos deja marcados y de seguro el tiempo que nos queda por seguir rondando restaurantes en busca de nuevas experiencias tendrá que partir de una mayor altura de listón, unos cuantos metros como poco. Las expectativas a partir de ahora suben, y mucho. Y esto es así por muchas razones que a continuación intentaremos detallaros de la mejor manera posible. Si bien es muy difícil que la crítica se sitúe a la altura del sarao que vivimos allí, pero qué coño, vamos a intentar contarlo lo mejor que sabemos.

 

Cómo ya comentamos hace un momento la velada fue brutal por muchos motivos, pero principalmente porque tanto la selección de platos, como el maridaje, como el trato fueron sencillamente espectaculares. Todo bien.
La sinceridad que tiene la cocina gallega, la contundencia de sus productos, la variedad y la mano de Pepe Solla son ingredientes más que suficientes para que funcione una alquimia de cuento, con hechiceros, caballeros andantes, dragones y de todo. En Casa Solla se reúnen todas las circunstancias necesarias para que lo que podría ser una simple jornada gastronómica dé un paso adelante y se convierta en una auténtica aventura.

 

Nos decantamos por el menú más salvaje, un reto para los sentidos que enfrentas a ciegas, el menú Piobardeira, un viaje misterioso en el que todos los componentes del equipo del restaurante funcionan como perfectos lazarillos. Nadie te da ninguna información sobre lo que te van a servir. Todos los datos, que no son pocos, van llegando a la mesa justo delante, a la vez o incluso después de la degustación. Esta forma de enfrentarte a un menú envuelve toda la velada en un halo de misteriosa complicidad que no deja instante para el respiro. Hay que destacar que tanto la labor de sumiller, como la de los cocineros, los camareros o incluso la del Chef es importantísima. Saben poner en valor todo lo que va desfilando por delante de los comensales. Una grata sorpresa que hay que destacar por encima de todo es el momentazo en que te pasan a la cocina para degustar uno de los platos elaborados en ese mismo instante. Son esos detalles los que hacen que al final una experiencia gastronómica deje de ser una simple comida y pase a ser algo mucho más importante. La labor pedagógica, el cariño que rezuma el equipo y el diseño de los tiempos del menú hacen que parezca que estás en tu propia casa asistiendo a una lección magistral de alta cocina con los colegas y la familia. Chapó.

 

Sin más os dejamos un resumen fotográfico de lo que allí vivimos. Ya que el menú era a ciegas, y si bien vosotros veréis lo que nos comimos nosotros, estaría feo desentrañar el misterio al 100%. Seguro que también preferís ir a ciegas.

 

Simplemente, para finalizar, os diremos que los sabores, las elaboraciones y la presentación están a la altura de los mejores restaurantes del mundo. No hay palabras. Nosotros seguro que repetiremos.

Fuera de carta:
Es obligatorio quedarse a tomar “una” en el jardín tras la comida o la cena. A veces pasan cosas 😉

Larga vida a Casa Solla.

Casa Solla

Av. Sineiro, 7,

36005 San Salvador de Poio, Pontevedra
Teléfono: 986 87 28 84

http://www.nove.biz/pepe-solla/es

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