Os vamos a contar dos historias.


La primera:
Corría el año 1998, éramos unos niñatos acabando los estudios. Aficionados a ir con los amigos a disfrutar de los manjares que nos permitían los cuatro duros que nos pagaban en nuestros trabajos de verano sin cualificar.

Lo que llamábamos una cenorra venía a consistir en acercarnos al bar del barrio a comer costillas, tortilla de patata y chorizos criollos. Todo regado con bebidas tipo sangría o calimotxo. Respeto para los bares del barrio y sus tortillas de patata pero al pasar por delante de los restaurantes de molar mirábamos con ojos de cordero degollado pensando si algún día tendríamos la suficiente pasta como para permitirnos ir a un sitio de esos donde los camareros llevan uniforme y en vez de un menú pides a la carta cosas guays, manos de cerdo con langostinos o atún sobre cama de setas y micuit de pato.
– Yo es que donde esté una buena costilla de cerdo a la parrilla.
– Tú donde esté un buen chuletón de buey no te acuerdas más de las costillas de cerdo.
Todo el verano currando hasta que a finales de septiembre habíamos conseguido cuatro perras. Aquel año en cuestión había ido muy bien así que decidimos quedar para pegarnos un homenaje como los mayorones. Había llegado la hora.
En uno de los mejores restaurantes de la villa el sábado a las diez y media para cenar. Nos habían hablado maravillas de ese sitio pero no habíamos ido ni con la familia. Una vez sentados en la mesa parecíamos adultos responsables cada uno mirando nuestra carta.
Alguien preguntó:
– ¿Tomáis vino?
El más acaudalado del grupo, Mariano, había preguntado que si tomábamos vino con una carta distinta en la mano ¿una carta de vino? primera noticia que nos llegaba de que existía semejante cosa.
– Sí, claro.
Respondimos todos. Habíamos venido a jugar en la Champions, que alguien pida el vino.
Y lo pidió Mariano. Supusimos que siendo el de la familia con más dinero algo entendería.
Ya no recordamos qué vino pidió Mariano, pero lo que sí recordaremos toda nuestra vida es que no nos dio más. Y que acostumbrados como estábamos a beber como anormales independientemente de que la comida hubiese estado espectacular, al final pagamos mucho más por el vino que por el resto de la cena.
– Joder Mariano ¿qué vino pediste macho?
– Uno muy bueno que anuncia Michel Salgado.
– Home, no me jodas ¿Michel Salgado?
En ese preciso instante decidimos que nunca jamás nadie volvería a pedir el vino por nosotros.

La Segunda:
Ya siendo personas adultas y responsables no hace mucho menos de diez años planeamos una velada de esas de sitcom americana para hacer una cata de vinos en casa de un colega. Entre los invitados se presentaron varios conocidos de fuera del núcleo duro de la pandilla. No hay como abrir una botella de buen vino para que aparezcan amigos que no te acordabas ni de que existían. El caso es que un amigo llevó a otro amigo que trajo a un conocido que trabajaba de sumiller e impartía cursos de cata.
El sumiller, vamos a llamarlo Aristóteles, resultó ser un tipo estupendo que había traído su propia bebida y al que no le costaba resolvernos las dudas que le planteábamos siempre con una sonrisa.
– Aristóteles ¿qué son los taninos?
– Aristóteles ¿qué es la aguja?
– Aristóteles ¿rosado o clarete?
– Aristóteles ¿tienes novio?
– Aristóteles…
Así estuvimos un rato estupendo. Catando historias y escuchando a Aristóteles que resultó ser un gran orador.
Al final os podéis imaginar que entre una cosa y otra nos dieron las tantas y llegó el verbo fácil. Abordamos temas de todo tipo desde la crisis del Rioja hasta la sidra asturiana pasando por el licor de hierbas. Aristóteles controlaba de todo.
– Aristóteles ¿qué vino es el mejor que has bebido en tu vida?
– Cuando me preguntan eso siempre respondo lo mismo. Hace un par de años comiendo en las Cuevas de Valdevimbre unas tortillas con pisto nos sirvieron un Prieto Picudo que me pareció una auténtica maravilla. Estuve con los amigos toda la tarde bebiéndolo encantado, fue algo alucinante. Qué buenas las tortillas, qué sitio más guay y qué vino más cojonudo. Tanto fue así que al irme pedí un par de garrafas de 5 litros para llevarme a casa. No podía creerme que un vino tan bueno costara tan poco.
A la semana siguiente ya solo en casa me serví una copa y no había dios que se lo bebiera.
¿Qué os quiero que decir con esto? Pues os quiero decir que el mejor vino que he bebido en mi vida, y he bebido unos cuantos, ha sido siempre el que he bebido en compañía de amigos.

Y ahí fue cuando brindamos todos contentos de estar con los colegas bebiendo vino.

Para terminar el segundo manifiesto después de estos dos pequeños cuentos solamente nos queda decir que esperamos que saquéis vuestras propias conclusiones. Que a nosotros nos gusta el vino y que creemos que con el vino no se debe ser esclavos ni de las modas, ni de los precios, ni del quedar bien, pero por favor os lo pedimos, no bebáis solos.

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