Nos criamos al norte del sur en una villa que no sale en las guías gastronómicas por ninguna catedral culinaria, en una pequeña villa que no sale en la tele por ningún concurso de cocineros casposos, que no tiene patrocinadores con mucho dinero y que no es ni la capital. Una villa pequeña que tiene lo que la mayoría de villas pequeñas pero sin ser la número uno en nada. Nadie peregrina a nuestra villa buscando un bocado exquisito. 
Nos criamos en el centro de la mediocridad por más que nos empeñemos en proclamar la excelencia de todo lo que tenemos para vendernos como si fuésemos parte del paraíso. Salimos en las guías gastronómicas porque dejar páginas en blanco se nota mucho.

Nuestra villa pequeña no ofrece muchas opciones para vivir la vida loca, pero sí las suficientes para que nadie se muera del asco. En nuestra villa pequeña puedes pedirte una fabada o un chuletón y ser feliz, aunque seguirás mirando de reojo a los cocineros con delantal blanco y sombrero alto que salen en las películas italianas cocinando y cantando ópera. En nuestra villa pequeña hay poca ópera.

Nos criamos en bares sin pretensiones con cocina real, llenos de gente sin glamour y camareros de los que cobraban menos de 100.000 pesetas por 10 horas diarias. Nos criamos en chigres con cocineros con más ganas que talento. Donde nos criamos hay de todo regular.

Ahora en nuestra villa los restaurantes japoneses los abren españoles y los restaurantes de comida mediterránea chinos. Si te gusta comer fuera de casa la mejor opción son todas, todo regular, todo vale, es imposible decidir qué sitio es el mejor. Ninguno está mal y ese es el quid de la cuestión. Si todo es regular, ¿por qué nos empeñamos en buscar un sitio donde comer nos apasione? pues porque así somos en #NoSoloCachopos, unos inconscientes. Nos gusta encontrar donde no hay, porque lo que de verdad nos apasiona no es un lugar en sí, lo que nos apasiona es revolver de un lado para otro. Nos da igual si no encontramos nada, hemos encontrado una búsqueda. De haber vivido hace cientos de años habríamos peregrinado sin rumbo a ver qué es lo que nos podíamos echar a la boca.

Y como no nos cansamos de buscar, ni cerca de nuestra villa pequeña ni lejos, nos hemos propuesto recorrer todos los sitios que podamos y que nos den de comer a cambio de unos pocos Euros. Porque dentro de nuestra mediocridad de cliente con pocos recursos creemos que dándole importancia a la búsqueda nos podemos escapar de lo que nos hace ser personas comunes. Queremos dejar de protagonizar la película de Antena 3 de agosto el domingo por la tarde, queremos ser una película de Jose Luis Cuerda.

Lo mejor de todo este camino que comenzamos hace unos meses es que no sabemos ni a dónde vamos, ni qué es lo que buscamos, ni qué es lo que vamos a encontrar. Lo único que tenemos claro es que nos lo pasaremos bien y que nuestro proyecto, si es que a esto se le puede llamar proyecto, no tiene que gustarle a todo el mundo, con que nos guste a nosotros nos vale.

Dentro de la medida de nuestras posibilidades lo que planteamos es hacer una crítica sincera y original desde el punto de vista de tres tíos que se fijan en lo cotidiano de los restaurantes y bares donde les dan de comer. Todo tiene que oler y saber a gastronomía. Pero gastronomía en minúsculas.

Vamos a preguntar a la gente qué come y dónde lo come. Vamos a comentar la jugada, siempre que la jugada se pueda tragar. Vamos a hacer de tertulianos vía web sin tener ni puta idea. Vamos a perder el tiempo y ganar risas. Vamos a ser sinceros y disfrutar de una pijada de la que no vivimos pero que nos gusta. Vamos a ir al restaurante de los ricos y a la cafetería del polígono industrial con las mismas expectativas. Y vamos a contarlo en Internet como nos contáis vosotros vuestras sesiones de “runin” y vuestros partidos de padel.

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